Silencios

Camina, paso a paso, lentamente respira, da otro paso. Mira su entorno, su cabeza pesada, se mueve con lentitud. Sus ojos se espantan, pero siente que no avanza. La calle empedrada, se llena de payasos. Tambores, flautas y silbidos, retumban en su cabeza, un eterno tun, tun, tun, se apodera de su sueño.

Las casas del viejo barrio se levantaron en otro tiempo a lado y lado del camino de piedras. Los muros se encumbran y se tragan todo a su paso. Él, aspira profundo, llena sus pulmones de aire procedente del puerto.
Camina lentamente.
—“¿Dónde estoy?”
—“¿Para dónde voy?”, —Se se pregunta, ausente de sí mismo.
—“¿Quién soy?”, —No no hay respuesta.
Gente originaria de otros mundos, todos tirados en el piso, se miran entre sí. Él sigue caminando, lento, pesado, lejano. La calle se hace eterna, ancha, interminable. Anda, se detiene. Su pensamiento ausente navega en la oscuridad. Marcha durante horas, ante él pasan andenes, puertas de madera, ornamentación, materas, olores, sudor, puentes. Confuso, perdido, abandonado. Mira pero no ve, no siente, percibe el olor. El sol frío se apodera del cenit, pasan las horas frías y llega la noche. No recuerda, se olvida.
Sshhh. Un Sshhh, retumba en su cerebro. Camina sin rumbo, el Sshhh, sigue perturbando sus pensamientos. Pasan las lunas y los soles. Sigue vagando. Sus ojos no perciben la luz, no sabe si es de día o de noche, ya no existe el tiempo, las horas se detienen, los minutos no avanzan. Un eterno tic-tac suena en la lejanía de su cerebro. El sonido de sus movimientos invade el espacio de la calle empedrada. El olor es lo único real, su olfato lo percibe todo, el olor de la calle lo guía; orines y mortecino invaden el aire cálido de la antigua ciudad. El piso caliente deja evaporar el agua de la última tormenta. Para él no existen las horas, el tiempo desaparece, se disipa en la oscuridad de la soledad. El aire frío le cubre los huesos, es medio día, no existe para él la luz, ni la nada, ni el silencio, ni el hambre, ni el deseo. Ya no vive, solo queda una sombra que comienza a desvanecerse en el aire. La gente pasa por un lado del bulto de escombros humanos, se tapan las narices y la boca, no miran, todos siguen caminando en silencio.

Por Jesús Rodríguez

Bogotá, Colombia, [1967]. Profesor de Educación Artística [1990]. Se desempeña en las asignaturas de dibujo artístico, artes plásticas, comunicación gráfica. Egresado de la Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Artes, como Maestro en Bellas Artes con Especialización en Pintura [1991]. Además de su trabajo pedagógico, desarrolla sus habilidades creativas a través del dibujo, la pintura y la escritura.

Asistente al Taller de Creación Literaria
Biblioteca Pública El Tintal Manuel Zapata Olivella